jueves, 7 de enero de 2016

GASPAR OCTAVIO HERNANDEZ




Ego Sum



Ni tez de nácar, ni cabellos de oro
veréis ornar de galas mi figura;
ni la luz del zafir, celeste y pura,
veréis que en mis pupilas atesoro.



Con piel tostada de atezado moro;
con ojos negros de fatal negrura,
del Ancón a la falda verde oscura
nací frente al Pacífico sonoro.



Soy un hijo del Mar... Porque en mi alma
hay -como sobre el mar- noches de calma,
indefinibles cóleras sin nombre.




y un afán de luchar conmigo mismo,
cuando en penas recónditas me abismo
¡pienso que soy un mar trocado en hombre!



1915
Del libro: La Copa de Amatista.








Canto a la Bandera


Se detuvo el mancebo en la rampa, frente al mar
transparente. Comenzaba a brillar la mañana. En una
de las naves de Aguadulce fondeadas en el puerto, hercúleo
marino de color de bronce -cantando un alegre cantar de
aldea- enarbolaba el pendón tricolor del Istmo.


El mancebo sintióse inquieto de entusiasmo: el
entusiasmo le hizo poeta y le inspiró este canto:

¡Ved cómo asciende sobre el mar la enseña
que refleja en sus vívidos colores
el mar y el cielo de la patria istmeña!
¡Mirad...! ¡Es la bandera panameña,
vistosa cual gentil manto de flores!


¡Ved cómo asciende al mástil del velero
serpenteando con lánguida armonía
bajo la luz del matinal lucero,
mientras canta fornido marinero
con ruda voz, canciones de alegría!

El céfiro de Ancón, puro y fragante
como beso de virgen, acaricia
la tenue seda del pendón flotante
y tierno idilio sobre el mar sonante
con el céfiro la bandera inicia.

¡Bandera de la patria! ¡Con celajes
de púrpura encendida, con pedazos
del cielo de los ístmicos paisajes
y de marina espuma con encajes
tejieron nuestras vírgenes los lazos!


¡Bandera de la patria! Las estrellas
en tus colores su fulgor derraman
perennemente vívidas. Por ellas,
los hombres duros, las mujeres bellas
¡en patriotismo férvido se inflaman!



¡Ellas, en nuestros fuertes corazones,
la llama avivarán del heroísmo,
cuando al grito marcial de los cañones,
enemigo clarín vibre canciones
bajo el ardiente sol de nuestro Istmo!


Ellas reavivarán en nuestras almas
amor por nuestras fértiles campiñas
sembradas de naranjos y de palmas,
donde -tras de luchar- núbiles niñas
nos ceñirán de mirtos y de palmas...


¡Bandera de la patria! Sube...,sube
hasta perderte en el azul... Y luego
de flotar en la patria del querube;
de flotar junto al velo de la nube,
si ves que el Hado ciego
en los istmeños puso cobardía,
desciende al Istmo convertida en fuego
y extingue con febril desasosiego
¡a los que amaron tu esplendor un día!


La Estrella de Panamá
23 de mayo de 1915.
 



Aria de Gratitud


Para Demetrio Korsi


¡Yerras...! Yo no te adoro
por tus cabellos de oro
ni por tu tez de nieve,
ni por las melodías
de cascabelerías
que hay en tu risa breve...



Te adoro porque sabes
ungir el alma rota
con bálsamos suaves
que tu ternura brota.


Te adoro porque ansías
regar tus armonías
en las naves sombrías
del templo de mi alma,
donde hace tantos días,
bajo siniestra calma,
yacen mis alegrías.


Alma celeste y triste,
alma que padeciste,
como el dulce Jesús,
insólitos agravios
-llenos de hiel los labios-
clavada en una cruz;

Alma que desprendida
de la cruz del Dolor,
ofreciste a mi vida
tu amor como una flor;


Te adoro.
porque una
noche que el alma nombra
con infinito duelo,
fuiste un rayo de oro
que desgarró mi sombra;
¡fuiste un iris de luna
que sonrió en mi cielo!


1918
Del libro: La Copa de Amatista




La Agonía del Guerrero



Con ojos que denuncian pesadumbre,
mira el postrado capitán, colgada
de vetusta pared, la fina espada
con que pueblos redujo a servidumbre.


Ver le parece la musgosa cumbre
-de fresca sangre y lágrimas bañada-
donde su mano, del acero armada,
terror diera a enemiga muchedumbre.


-Inútil esperar -trémulo exclama-,
y, cual serpiente a quien la furia encona,
se retuerce de súbito en el lecho;



La Patria, envilecida; infiel mi dama,
mi acero inmóvil, rota mi corona...
¡Ah!, con la espada atravesadme el pecho.



Del libro: Melodías del pasado




Havoc


Todos, todos cayeron en la fosa
impelidos con furia por la Suerte:
la Madre -reina de bondad-; el fuerte
Padre, y, también, la Abuela cariñosa.


Arbusto que doblega la furiosa
catástrofe-, quedé tímido, inerte,
¡oh! casa, ¡oh! nido de mi dicha, al verte
llena de polvo, oscura y silenciosa...,



miré, de pesadumbre conmovido,
los cortinajes del materno lecho,
donde exhalara mi primer quejido.


¡Y, al retirarme, en lágrimas deshecho,
mi dolor, hondamente reprimido,
como un puñal me destrozaba el pecho...!


Del libro: Melodías del pasado




Músicas



Todo vibra con músicas; el río
que orla de espumas el jardín; la espesa
y verde fronda que la Aurora besa
con un beso que vuélvese rocío.


Todo vibra con músicas: los mares
que al cielo ofrendan su cantar sonoro;
el oro de la cítara de oro
del cantor del Cantar de los Cantares...

Oh! amada toda ritmo...Oh dulce amada!
Cuando empiece a extinguirse la mirada
de mis ojos -enfermos de no verte,-


arrúllame con músicas sonoras,
que, -al escuchar tus músicas- las Horas
detendrán el avance de la Muerte!




Del libro: Melodías del Pasado.





Cantares de Castilla del Oro


I

¡Corazón, no la recuerdes!
Si se olvidó de nosotros,
¡corazón, no la recuerdes!
Estarán mirándose otros
en sus claros ojos verdes!


Cuando una mujer te olvide
no te duelas de su olvido;
cuando una mujer te olvide
piensa en lo que te ha querido
y... al olvido, ¡dále olvido!



II



Las mujeres y las flores
son iguales en lo caras
y en que se dejan coger
suavemente de la rama.



En una flor bebí mieles,
hiel en una mujer falsa:
la flor murió con la aurora...
¡y aún no se muere la ingrata!




Las mujeres y las flores
son iguales en lo caras
y en que se dejan coger
¡de cualquier mano villana!...



III


Dicen que la adorable Julia María
con su novio a las Islas fue cierto día
a buscar perlas...
Mas no tuvo la dicha
de recogerlas...



Y ella llevaba
una nítida perla
blanca y rosada...


Dicen también las malas lenguas que un día
volvió solita Julia María:
trajo rota la perla que se llevó...
—¿Quién le rompió la perla?
—¡No lo sé yo!...



Del libro: La Copa de Amatista.




Alma Patria


¡Istmo de Panamá! Tierra de amores
que del fondo del mar surgiste un día,
para enlazar el Norte al Mediodía
con guirnaldas de perlas y de flores.

¡Patria del corazón! Tierra que a solas
cantas las glorias de tus dioses lares,
mezclando la canción de tus palmares
con la canción eterna de las olas.



Si alguna vez, el viento enfurecido,
mi nido arranca de tus verdes frondas,
si he de volar a que mis penas hondas
hallen amparo en extranjero nido.


Siempre oiré resonar en mis entrañas
la voz del viento de tu cordillera
y he de ver en los cielos tu bandera
sobre el azul de todas las montañas!


Siempre en todos los trágicos senderos
por donde el mal de transitar me abruma
he de aspirar el cálido perfume
de tus bosques de erguidos limoneros.


Porque tú, de tal modo has esparcido
tu fragancia en los ámbitos del mundo
que ha donde vaya, mi ánimo errabundo
he de aspirar tu aroma conocido.


Allá donde suspiren mis lamentos,
allá donde me lleve mi destino
veré tu mar sereno y cristalino
oiré cantar tus melodiosos vientos!


Bajo cielos de incógnitas veredas
cuando por costas extranjeras viaje,
en los quedos murmullos del boscaje
oiré gemir tus propias arboledas...


Porque yo de tu brisa en el suspiro
oigo la voz de todo lo que he amado;
porque siento la voz de mi pasado
en todo el aire que de ti respiro.


Porque el doliente espíritu comprende
que muchas gotas hay del llanto mío
en cada limpia gota de rocío,
que la noche en tu atmósfera desprende.


¡Patria! Doquier suspiren mis lamentos,
doquiera que me lleve mi destino,
veré tu mar sereno y cristalino:
oiré cantar tus melodiosos vientos.

Cuando la tarde encienda en arreboles
los claros cielos en extraña esfera,
veré en cielos extraños tu bandera
blanca, roja y azul con sus dos soles!

Y en ese instante, en que la tarde expire
sentirá mi interior melancolía
un rumor de tus bosques ¡patria mía!
que hará que el alma por tu amor suspire.

Y volveré a sentir en mis entrañas
el rumor de tus líricos palmares
y aspiraré el aliento de tus mares
y aspiraré el olor de tus montañas.

Porque con tal vigor infundió vida
en mi vibrante corazón tu aliento,
que en mis horas más íntimas te siento,
para siempre conmigo confundida.


La Estrella de Panamá
3 de Noviembre de 1917.




El presentimiento del árbol



Anochecía. Me detuve en el camino.
                El viento húmedo sacudía
                las frondas. Me detuve en el camino,
                ante un árbol sin flores. Alto
                como la más alta encina, aquel
                árbol perdía su copa en las nubes.
                De aquel árbol salían melancólicas
                voces. Yo las comprendía.
                Pues el árbol sufría, y habréis de
                saber que todos los que sufren hablan
                el mismo idioma, nazcan donde
                nacieren y, aun perteneciendo a
                distintos reinos de la Naturaleza.
                El árbol estaba sufriendo. Sin embargo,
                tenía una esperanza. Presentía
                que el vuelo de una paloma se
                detendría en sus ramas y . . .

Dijo el árbol: "Yo soy árbol sin flores
que en el patrio jardín creció en olvido;
jamás, jamás los pájaros cantores
— al ver mis ramas huérfanas de flores
sobre mis ramas fabricaron nido.



Todos los cierzos me azotaron. Hube
de inclinar mi ramaje blandamente,
aunque subió como ninguno sube
(muy cerca de la nube, de la nube
que hoy es nube y mañana será fuente).



El rayo quiso fulminarme. Un día
cuando pasó la tempestad, bramando
sobre el murmullo de mi copa umbría,
mientras el rayo frente a mí rugía,
yo estaba susurrando, susurrando....


¡Qué dulce es responder con dulce acento!
¡Qué dulce es responder con la dulzura
a los rudos apostrofes del viento!
Cuando me agravia el huracán violento,
¡cuánta música riego en la esperanza!


Yo soy un árbol huérfanos de flores
y huérfano de nidos. Todavía
ni hay florecencias en mi fronda umbría,
ni hay en mi fronda pájaros cantores;
pero mañana cuando empiece el día
a despedir sus dardos de colores,
una paloma alegrará mi umbría;
sus dos alas serán como dos flores;
dos alas cual dos lirios tembladores,
dos lirios de blancor de eucaristía. . .



Y la paloma al encontrarse mía,
sabrá que son caricias mis rumores
y, cuando mire que en mi tronco un día
abra herida un hachazo de dolores,
me ungirá con la miel de su armonía;
y en la desolación de mi agonía,
para alegrar mis últimos dolores
ella sola dará más melodía
que un alegre tropel de ruiseñores. . .”


Del libro: Melodías del pasado.






Berta de Alcázar



En la penumbrosa
               mañana invernal
               la Lluvia solloza
y le dice con voz dolorosa
a su amado el Cierzo, canción funeral.




De piano
               lejano
se escuchan romanzas. . . 
¡Ah! las teclas gimen
con trémulo son
una larga historia de desesperanzas,
la historia de alguna perdida ilusión.
Sí, las teclas gimen hondamente, gimen
               con el son doliente
de un lamento humano,
lamento de enferma niña á quién le oprimen
inclementes brujas alma y corazón.




Berta del Alcázar, la tísica rubia
que en sus gratos días fue hermosa triunfal
ve, desde su lecho, las gotas de lluvia
que de la ventana limpian el cristal.  
               Y Berta, al oír
               esa plañidera monótona voz
con que habla la Lluvia, comienza a gemir
y frases de ruego dirígele a Dios. . .
Después, tose. . . tose. . .Y es rara su tos.



Berta del Alcázar, fue actriz la más bella. . . 
               siempre en el proscenio
semejaba estrella,
semejaba estrella de gracia y de genio.



No brotaron fresas
               más lindas que esas
que a sus labios dieron rubor de cerezas.
Labios que de lirio tenían olores;
               labios tentadores
               en que las promesas
fueron intangibles pájaros cantores
jugando en corola de rojos colores.



 Nadie vio cabellos
               más blondos que aquellos 
que la coronaban de seda y destellos.



Cuando en el proscenio Berta aparecía
se acercaba a ella la musa Harmonía
dictándole arrullos de paz, de alegría. . . . 
Y eran los gorgeos de la actriz gloriosa,
como notas de una canción misteriosa
dormidas en finos pétalos de rosa.


Pero escuchadme: la actriz
          cayó una noche fatal
          en amoroso desliz;
          fue desde entonces infeliz
          aquella almita ideal.



 Nadie sabe qué doncel
          fue el primero que manchó
          con arrebato cruel,
          ese lozano clavel
          que el pensil del arte dio.



 ¡Ah! Pero ya nadie ignora
          que desde el trágico instante,
          Berta sufre, Berta llora
          al ver que se descolora
          con rapidez su semblante;


Al ver que pobre y enferma
          no tendrá en cercano día
          ni una cama donde duerma
          su figura endeble y yerma
          que a la Muerte espantaría.


Al caer la Tarde, cuando ya la Lluvia
suspendió su larga canción funeral,
Berta del Alcázar, la tísica rubia
sintió en las entrañas cansancio letal.


  Tosió. . .Y en su tos,
hubo ciertas vagas súplicas a Dios.


Irguióse Berta en el lecho
          con gesto de confusión,
                   y al recordar su deshecho
          bienestar, sintió en el pecho
          honda desesperación.


Hundió luego la cabeza
          en sus manos temblorosas
         —que transformó la Belleza
          en dos levísimas rosas— 
          y así exclamó con tristeza:


“Por qué se enrosca a mí la negra sierpe
de los Males?  Qué infamia, qué delito,
de fresca sangre arreboló mis manos?
     Hiel de blasfemia te arrojó mi boca,
para que así me hieras, tu, supremo
Señor que el Mundo de pesar enlutas?
     Tú, que todo lo puedes; tú, que un día
viste a la de Magdala acariciarte
para que la nimbaras de pureza;
     Tú, que a manera de luciente bólido
cruzaste por el cielo de los tiempos
derramando serenas claridades;
devuélveme la paz, la paz tan sólo!
     No la belleza de triunfales galas
mi súplica te pide.  Ya detesto
esa que ayer me prodigó laureles,
fementida beldad.  Y sólo quiero
devuelvas la quietud a mis entrañas,
¡Oh! Dios!”. . .Berta calló. . .
                                 Después, su frágil
cuerpo tembló con súbita violencia. . . 
Tosió mucho. . . tosió. . . Y olas de púrpura
disolución fingieron de rubíes
en la exangüe blancura de la hermosa.




Publicado en: Nuevos Ritos, Nº 126 del 15 de mayo de 1913.




Arboles de la orilla del camino



Niño:
Cuando en recóndito sendero
tan sólo espinas y guijarros mires;
cuando en camino lóbrego suspires
por encontrar amable compañero,

Piensa que a orillas de la senda umbría
siempre hay un ser que ampara tu destino:
es el árbol que a orillas del camino
surge ofreciendo a todos simpatía.

Piensa que a orillas de la senda en calma
por donde vas herido de temores,
tiende el árbol gentil arcos de flores
para ofrecerte en cada flor su alma.

El árbol es amor! Bajo sus frondas,
bajo sus verdes ramas florecidas,
¡quién sabe cuántas vidas doloridas
consuelo hallaron en sus penas hondas!

¡Ah! cuántas veces al mirar el nido
en las ramas del árbol del sendero,
evocó la nostalgia del viajero
augustas ruinas del hogar perdido!

Y se acogió el cuitado en su quebranto,
del prócer árbol al ramaje umbrío
y mezcló con las gotas del rocío
las purísimas gotas de su llanto.

¡Cuántas veces el iris de la luna
fue sonrisa a la faz del peregrino
que a la sombra del árbol del camino
desposarse soñó con la Fortuna!

El árbol es amor! Jamás ignores
que en la senda que sabe tus fatigas,
otros riegan mandrágoras y ortigas,
y él con plácido afán, esparce flores!

Niño; cuida del árbol! De su fuerte
gallardo tronco y de sus ramas cuida!
Es cuna: el árbol protegió tu vida!
Es caja: el árbol te amará en la muerte!

Árbol! . . . . Símbolo puro de un anhelo
que en nuestras almas la ilusión aferra;
vivir queremos, como tú, en la tierra;
y vivir, como tú, de cara al cielo.


Publicado en: La Copa de Amatista.






La cabeza de Vasco


Ya destroncada la gentil cabeza
del gentil Vasco Núñez de Balboa,
al mar, Pedrarias la arrojó. Y la sangre
que desprendióse en purpurinas gotas
—al solidificarse en el abismo—
trocóse en ramos de marinas rosas,
trocóse en haz de límpidos corales
y en relucientes y rosadas conchas.

De alcázares de perlas
ascendieron sirenas melancólicas,
y, en el mármol del rostro ensangrentado,
incrustaron sus bocas.

Incrustaron sus bocas, como incrusta
experto orfebre en cinceladas copas
de oro y de mármol o de mármol y oro,
cornalinas de púrpuras radiosas.


¡Cantaron las sirenas! Y su canto
reguero fue de tan dolientes notas,
que al escuchar sus tristes vibraciones
se estremecieron de dolor las rocas.

—¡Vasco!—dijeron las Sirenas—¡Vasco,
haz que tu labio a nuestra voz responda!
¿Recuerdas nuestra voz? ¿di, no recuerdas
que en tus fúnebres noches de congojas,
cuando tu sino infausto maldecías,
porque tu estrella naufragó en las sombras,
en nuestros dulces cantos recogimos
ecos llorosos de tus quejas hondas?
¡Bésanos, que los besos de tus labios
resonarán cual música de gloria. . . .!
¡Háblanos, que tus frases de vencido
nos dirán tu dolor en cada nota. . . .!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Ni besos. . . . ni palabras. . . . ¿Qué cicuta
envenenó tu sonrosada boca?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .


Y aprisionando entre las puras manos
la cabeza del Héroe, yerta y blonda,
las amantes sirenas del Pacífico
se escondieron debajo de las olas.
Y, al sumergirse el coro de sirenas,
repercutieron en las claras ondas
cual música de quejas y de besos,
crepitaciones de batir de colas.


Cuando bajo la fusta de los rayos
se encrespa el mar en noches tormentosas,
surgen del fondo del abismo acentos
de santa indignación y santa cólera.

¡Acentos que parecen desprendidos
de un arpa férrea, gigantesca y bronca;
acentos que parecen las protestas
de los vencidos que el dolor inmola;
acentos más terribles que los truenos
que hacen tremar la zafirina bóveda
en minutos de horror: acentos rudos
como rumor de tempestad sonora!

¡Nobles gritos quizás! ¡Tal vez los gritos
de santa indignación y santa cólera,
con que protestan los marinos monstruos,
alrededor de submarinas rocas,
al ver truncada la gentil cabeza
del gentil Vasco Núñez de Balboa!

1918
Publicado en: La Copa de Amatista.





Balada del campanero de la campana de oro


Para Guillermo Andreve.
                          What a world of merriment
                          their melody foretells! —POE.



I

 ¡Gloria, campanero! ¡Corre
a la torre más enhiesta
y en la más erguida torre
llama a gloria, llama a fiesta!
     ¡Haz que vibre en el sonoro
comenzar del nuevo día
tu campana de oro! El oro
sólo canta a alegría!
     Campanero, campanero:
suena tu esquila de oro,
para que su melodía
cante mi triunfo sonoro:
hoy,—como antiguo hechicero,—
de una mujer toda acero
hice una mujer de oro!


II


Campanero, sube ahora
al torreón más desierto,
y en campana gemidora
                toca a muerto!
     ¡Dobla! ¡Dobla! En el sombrío
comenzar de la mañana,
haz que interpreten mi hastío
las voces de tu campana.
     ¡Dobla! ¡Dobla, campanero!
Se está muriendo mi fe . . . .
Bajo doliente lucero
gime un pájaro agorero
porque agoniza mi fe.
     La hermosa que ayer fue acero
es la misma hoy, siendo oro . . . .
     Dobla, dobla, campanero,
porque en angustias me abismo,
al ver que el oro es lo mismo
que el acero. . . .
     Di en tu repique sonoro
que no existe el Mal ni el Bien;
y que la estrella de oro
que vieron los reyes magos
surgir en la lejanía
de los cielos de Belén,
más que nuncio de alegría
fue nuncio de la agonía
del Rey de Jerusalén.
     Di que un bruñido puñal
de la más bruñida plata,
                 mata
como un puñal de cristal
o como un puñal de ágata;
que el metal precioso mata
cual mata vil mineral.

III


 ¡Ah! la mujer que fue acero,
es la misma hoy, siendo oro!
¡Di mi angustia, campanero!
Di en tu repique sonoro
que una mujer toda oro
               es igual
a una mujer toda acero;
y que por sino fatal,
una mujer toda acero
o una mujer toda oro
              es rival
de una mujer de cristal!


IV

 Oye, ahora, campanero;
no hagas gemir tu campana
cuando se extinga el lucero
de una fugaz vida humana.
     Haz que tu campana vibre
la canción de la victoria;
haz que cante con voz libre:
siempre, ¡gloria!
     Que no dé voz funeral
sino repique sonoro,
pues las campanas de oro
son para el himno triunfal!
     ¡Canta alegre! El nuevo día
oiga tu canto sonoro,
¡oh! campana de oro. . . . El oro
sólo canta a la alegría!

1916
Publicado en: La Copa de Amatista.



Canción de árboles



Arboles enflorecidos
en el sendero lejano;
soy de vosotros hermano,
frescos árboles floridos.

Como en vosotros, se aferra
en mi ser el sacro anhelo
de ir—rasgando aéreo velo—
con la frente al ras del cielo,
con el pie al ras de la tierra.

Y lo mismo que vosotros,
en fraternales amores
dejo que caigan en otros
seres hermanos mis flores.

Arboles enflorecidos
que sois en la azul pradera
nidos de flores, tejidos
por el Hada Primavera.

En vuestros ramajes vi
retozar los ruiseñores,
como retozan en mí
los pensamientos de amores.

Arboles enflorecidos
en el sendero lejano;
frescos árboles floridos:
soy de vosotros hermano.

Y cual regáis a los vientos
vuestras flores, vuestras hojas,
al viento doy pensamientos
y recuerdos y congojas.

Vengo de abajo, de abajo,
de lo oscuro donde empieza
toda montaña. No trajo
mi alma la triste grandeza

del ser que nace en la cumbre
y, olvidado de sí mismo,
se pierde en la muchedumbre
como el río en el abismo.

Vengo de abajo. Mas hube
de comprender que es mejor
el árbol que hacia la nube
levanta su rama en flor;

es mejor que el arroyuelo
que nacido en el glaciar,
—cerca, muy cerca del cielo—
viene a morir en el mar.

Arboles enflorecidos
en el sendero lejano;
frescos árboles floridos;
soy de vosotros hermano.

¡Ah! Yo seré vuestro hermano,
hasta la noche gloriosa
en que del hosco gusano
nazca la azul mariposa.

1916
Publicado en: La Copa de Amatista.



A una hermosa que viste pollera


Multiplicando su iris, en tu pelo
resplandecen peinetas de diamantes,
lo mismo que luceros, fulgurantes
en el fúnebre raso de hosco cielo.

Al rubí de más visos deslumbrantes
avergüenza la púrpura del velo
que se enrosca a tu busto, con anhelo
de adormirse en tus senos odorantes.

Bajo el nítido albor de la trencilla
y el encaje que adornan tu pollera,
es torre de marfil tu pantorrilla,

que tiembla a las violencias del Deseo,
cuando rimas, bailando placentera,
a las notas del punto, un zapateo.



1915.
Publicado en: La Copa de Amatista.




Melodías del pasado


De las canciones que adormecieron mi infancia, apenas 
                                                     (recuerdo alguna
solemnemente contristadora como un lamento;
solemnemente contristadora como el murmullo con que
                                             (las ondas de la laguna
en la alta noche responden, quedas, a las sonoras 
                                                    (frases del Viento.
                        Y resonaban en mis oídos
las tristes notas del grave canto que doloroso recuerdo
                                                                  (inspira,
                        como sonidos
                        estremecidos
                        en el cordaje de argéntea lira.



De mi niñez amarga recuerdo, apenas,
que fui meditabundo como un anciano;
que sentí emponzoñarse todas mis venas,
precozmente, del virus del tedio humano.


La voz materna sólo vertió en mi oído
una canción de angustia y desencanto;
cada trémula nota, cada sonido,
era como un vibrante nuncio de llanto.

Lánguido, como acento de un arpa rota
que gime en desolada noche de invierno,
aún viene a mí el murmullo de cada nota
de aquel inolvidable canto materno.

Al regar en el aire del aposento
sus frases de congojas la voz querida,
aunque inocente y limpio, mi pensamiento
se nublaba de obscuro presentimiento,
tal como los cristales del firmamento
se nublan, cuando marcha la Tarde, herida
a expirar en su lecho de oro y argento.

Es que yo adivinaba, siendo un infante,
que intensa y prematura melancolía,
a manera de tierno pájaro errante,
en el nido de mi alma se albergaría.

Lánguido, como acento de un arpa rota,
que gime en desolada noche de invierno,
aún viene a mí el murmullo de cada nota
de aquel inolvidable canto materno. . .

Lo que arrancó a mi pecho gritos de espanto;
lo que llenó de sombras mi fantasía,
fue ver que una mañana mi madre –en tanto
que mi labio de niño se sonreía
a los postreros ritmos de la armonía–
derramaba en silencio gotas de llanto,
como si se acordase de un desencanto
o cual si presintiera que el alma mía
iba a ser lastimada por el Quebranto.


Del libro: Melodías del pasado.



Alma de ayer



Hoy la recuerdo a mi pesar. . . .Y surge
de las mismas entrañas de mi historia
y con doliente súplica me urge
para que más la adhiera a mi memoria.


Y al recordarla en el instante miro
el balcón donde vi por vez primera
cintilar su pupila de zafiro
sobre el azul de la celeste ojera.


Miro otra vez los trémulos doseles
que en su ventana entretejiera Flora,
donde asomaba en marco de claveles
cuando era apenas niña soñadora.

Miro otra vez sus blancas vestiduras;
la contemplo otra vez de blanco toda,
cual si soñaran siempre sus ternuras
con la plácida noche de la boda.

Después!. . . .Después!. . . .El trágico descenso!
oculto en el prostíbulo el querube!
su virtud, como el humo del incienso,
dejó su aroma y se perdió en la nube!

Después!. . . .las noches! El placer! La orgía!
amante sin amor de un viejo verde!
Después. . . .la calma estúpida y sombría
del que ignora el valor de lo que pierde


Luego. . . .dolerse de incurable herida;
sentir que en el dolor nadie nos nombra;
sentir que el mismo corazón se asombra
al contemplar nuestra fatal caída,
y ver que entre las sombras de la vida
somos tan solo imperceptible sombra!


Tal su leyenda. . . .Hoy siento, al recordarla,
estremecerse el propio pensamiento;
quisiera de mi espíritu arrancarla
y deshojar sus páginas al viento.


Pero Ella surge del Pasado. . . .surge
de las mismas entrañas de mi historia
y con doliente súplica me urge
para que más la adhiera a mi memoria.

Publicado en: La Copa de Amatista.



Castigo olímpico



Y despreciaste el nido, el pobre nido
de rosas donde quise retenerte
y . . . volaste risueña, hasta perderte
en cielos de país desconocido.


Hoy que vuelves al huerto florecido,
temerosa de ráfagas de muerte,
sólo puede mi amor compadecerte
y dejarte volar hacia el olvido.


¡Oh! golondrina enferma. . . .¡oh! golondrina
que despreciaste mi nidal de flores
por ir en pos de inalcanzables galas!


Al desprenderte de mi azul colina
sólo encontraste pájaros traidores
que desprendieron plumas de tus alas. . . .



Publicado en: La Copa de Amatista.



Visión nupcial



Siempre que hacia la torre de mis penas
el dulce vuelo tu recuerdo arranca,
te miro toda blanca, toda blanca
de azahar, de jazmines, de azucenas.


Vistes la inmaculada vestidura
de las que van a desposarse. . . .y tiendes
los bracitos en cruz, porque pretendes
crucificar en mí tus desventuras.

Luego, con leves manecitas rosas
alba corona de azahar destrozas
y con las muertas flores me regalas.


Y te vas raudamente. . . .como un vuelo
hacia el azul, cual si del tenue velo
de virgen novia te nacieran alas.


Publicado en: La Copa de Amatista.


Idilio


A Pascual Guerra y a Zoila Rosa.



Se amaban. . . .y a la luz de casta aurora
él la llevó a su nido florecido,
y entre el perfume del fragante nido
él puso ante ella su alma soñadora.

Se dijeron en líricos instantes
íntimas cosas de pasión. . . .y luego,
del amor hondo y puro bajo el fuego,
se juntaron sus bocas tremulantes.


Y así irán por las sombras de la vida;
Ella al amor romántico rendida
y él, con el alma ante el amor absorta,
verán, después de raros embelesos,
que ante el divino encanto de los besos,
la vida es corta. . . .demasiado corta!


1918.
Publicado en: La Copa de Amatista.




Requiescat . . . .


Tosca iglesia en ruinas, templo oscuro
donde al silencio ceden los rumores;
donde en los nichos del rugoso muro
no hay ni cirios, ni imágenes, ni flores;


No te ilumina ya lámpara alguna,
y en tu altar desolado sólo arde
en la noche, el reflejo de la luna;
el fulgor del crepúsculo en la tarde!


En tu nave central, hosca y vacía
ya  de coros angélicos, no flota
la blanda voz que del Edén traía
dulce y tenue fragancia en cada nota.


Tosca iglesia en ruinas, templo oscuro
donde al silencio ceden los rumores;
donde en los nichos del desierto muro
no hay retratos de mártires, ni flores.


Imagen de mi vida! Abandonado
templo que al cielo muestras tu martirio,
mi corazón es templo desolado
donde ni apenas resplandece un cirio!



Corazón, corazón . . . .templo sin dioses,
tan sólo lleno de urnas funerarias;
ya no te arrullan celestiales voces;
ya no hay en ti murmullos de plegarias. . . .


De ti huyeron los fieles. De mí huyeron
las Ilusiones, el Amor, la Calma. . . .
Cuando tu altar despedazado vieron,
¡qué triste y sola te dejaron, alma!

De mí huyeron —tal vez hacia el olvido, —
los deseos, las dichas, los amores. . . .
Eran aves que ansiaban otro nido. . . .
mariposas que ansiaban nuevas flores!

Cuando las sombras del pesar obstruyen
la luz en el hogar antes risueño,
los afectos son pájaros que huyen,
el amor, el cariño, sólo un sueño!


Tosca iglesia en ruinas, templo oscuro
donde al silencio ceden los rumores;
donde en los nichos del desierto muro
no hay ni cirios, ni imágenes, ni flores.


Qué iguales son nuestros destinos ciertos
pienso con melancólica sonrisa:
tienes bajo tus lozas tantos muertos! . . . .
tengo en mi corazón tanta ceniza!. . .


Publicado en: La Copa de Amatista.

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